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jueves, 9 de febrero de 2012

Every tear is...










Lloré durante cuatro días seguidos con sus cuatro noches de cien horas cada una…

Siempre he guardado pocos recuerdos de las lágrimas por no haber estado estado nunca especialmente en contacto con ellas, al menos no el tiempo suficiente como para familiarizarme, pero esa vez fue diferente… Como excepción a mi misma las dejé aflorar en mí a bocajarro, sin miedo ni vergüenza, ni idea alguna de cuando se cansarían y se marcharían de aquí… Me armé de valor o derrota y simplemente, las dejé llorar a su libre antojo.

Y por primera vez, aprendí mucho sobre las lágrimas.

Aprendí que duelen. Escuecen por dentro en algún punto exacto entre la garganta y el pecho donde la sensación se hace de desgarro, pero no del desgarro poético, sino del de verdad, del que quema.

Aprendí que hay cosas que solo se pueden decir con lágrimas en los ojos, que todo se hace mucho más evidente con ellas, más fácil, más obvio, menos adornado, más real.
Aprendí que con ellas no se puede mentir. Que no se pueden maquillar. Que mis ojos se ven mas verdes.

Aprendí que las almohadas se empapan con demasiada rapidez y que sino respiras bien, te ahogan. Que saben igual sola que acompañada y que no entienden de “momentos adecuados” ni protocolos sociales.

Aprendí que hacen que te sientas vacía por dentro. Para bien y para mal. Descargan, arrancan y se lo llevan todo a su paso. Que no se guardan, se pierden. Arrasan, queman y alivian, se disuelven y de repente, un día tan cualquiera como otro, paran.

Lo que más aprendí de las lágrimas es que no tienen el poder de cambiar absolutamente nada, por mucho tiempo que te acompañen. Comprendí que no curan ni engrandecen. No son capaces de dar marcha atrás al tiempo ni hacer que pase más deprisa.

Comprendí algo más de las lágrimas. Nunca te devuelven aquello que perdiste y nunca hacen que alguien que ya no te quiere te vuelva a querer.

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