
"Si no existiera la posibilidad de caer, no existiría la necesidad de asomarse a jugar con estadística, peso y altura, y calcular daños en caso de caída accidental.
Sin embargo, la misma adrenalina que provoca que exista esa posibilidad de caer, es exactamente la misma que te mantiene pegado al borde del acantilado, con la mirada fija en el punto bajo tus pies, tragando saliva y sintiendo como la sangre se multiplica en tus venas y recorre cada centímetro de tu piel en una carrera descontrolada por llegar a la parte irracional de tu cerebro, justo esa que, aun sabiendo perfectamente que podrías caer al vacío, hace que no puedas más que acercarte aun, un poco más al filo..."
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