miércoles, 23 de febrero de 2011

"Cuando me tome el café..."




Miraba la hora, frenética, en el teléfono móvil. Tenía prisa y caminaba acelerada, esquivando a la multitud. Hacía frío y notaba en mi cuello cada hebra mojada de la bufanda de lana roja tras la que me escondía.
Llovía. Mis ojos, inquietos, se fijaban minuciosamente en todo lo que me redeaba, bucando algo, sin saber el qué... solo caminaba.
Caminaba y caminaba con paso rápido pero ligero y justo al cruzar la esquina de la cafetería, comprendí al instante lo que tanto buscaban mis ojos, la inmensa prisa de mi cuerpo por llegar.
Allí estabas tu.
Distraído, escondido bajo un paraguas amarillo, ojeabas el escaparate de una librería alternando algunas miradas inquietas al reloj de muñeca.
No sabías que te observaba desde lejos y justo, en ese preciso instante, comprendí que me estabas esperando a mi. Lo sentí en el pecho, casi como un cañonazo, una certeza, la verdad más absoluta...
Caminé con paso firme hacia ti y te besé sin titubear. Dios, no se como pude hacerlo! Fue un impulso, como si en aquel momento tus labios fueran un iman y los mios un insignificante imperdible que pasaba por allí cerca. Por un instante sentí pánico, pero tu devolviste mi beso con otro de mayor carga magnética si eso podía ser posible.
Noté tu sonrisa en mis labios y me miraste de esa manera que, desde aquella vez, nunca más volviste a usar.

Con las manos heladas te toqué la mejilla. Raspaba. Me encanta así, aunque seguro que tu no tenías ni idea.
Estabas radiante. Sinceramente feliz de compartir aquel instante, tan normal y corriente como otro cualquiera, conmigo.
Estrechaste mi cuerpo contra el tuyo dentro del paraguas y me rozaste el pelo con los labios al decirme algo al oído. No me enteré. No me importó. No me importaba absolutamente nada más que absorver ese momento.Calarme hasta los huesos de él. En respuesta, sonreí de aquella manera que yo tampoco había vuelto a usar. Metí las manos heladas en los bolsillos de tu chaqueta mientras me acurrucaba en tu pecho y me desperté de golpe.

El techo de mi habitación calló firme ante mis ojos y lo comprendí al instante.

No llovía, no había paraguas amarillo, ni bufanda roja sobre mi cuello, ni imanes en los labios ni mejilla rasposa y desde luego, donde yo estaba, estaba muy lejos de estar cerca de donde estabas tu.
Estiré el brazo buscando instintivamente en la cama... realmente no esperaba encontrar nada, pero en vez de eso, encontré un vacío mucho mayor del que había cuando me acosté la noche anterior.

Me levanté casi de un salto, impaciente por salir de allí. Triste, enfadada y resentida con mi cama por engañarme de aquella manera. Por hacerme sentirte con un realismo exquisito, casi macabro... y recordarme que esa es la única realidad que tengo de ti. Que no habrá paraguas amarillos esperándome. Que te echo (mucho) de menos.

Fui flechada a la cocina a poner la cafetera, al ritmo de la mítica frase que tanto le gusta a Ana "Esto, en cuanto me tome el café, se me pasa".

42 cafés más tarde sigue ahí. No desespero. Seguro que al siguiente funciona...



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