
Justo cuando se encontraba frente a la puerta, se descolgó el asa de la maleta del hombro y se lo masajeó un instante. Solo se la había colgado durante los segundos que se tardaban en cruzar el pasillo y ya sentía todo su peso... ¿Tantas cosas llevaba? Se había repetido mil veces que el día que decidiera marcharse, lo haría ligero de equipaje... y alí estaba, siete u ocho meses después de aquel día, con una enorme maleta apoyada sobre sus cuatro inestables ruedecitas, esperándolo en la puerta y una vieja bolsa deportiva roja recien tirada al suelo con desdeño... ¿Demasiado equipaje aun? Solo el tiempo lo diría... Tirar parte de los objetos personales a las papeleras del aeropuerto siempre había sido una opción factible.
Miró un momento su reflejo en el espejo del mueble de la entrada. Tenía el pelo color caramelo, revuelto a causa de la incesante manía de arrascarse la cabeza para convencerse a sí mismo de que no estaba nervioso en absoluto. Sus ojos estaban algo cansados por los preparativos de la última noche, pero tenía la mirada serena y segura, al fin y al cabo, ya había hecho esto alguna vez antes y sabía que, de todo el proceso, justo este era el paso más duro, lo demás venía todo rodado...
Se pasó la mano por la barbilla y la notó algo rasposa, quizás debería haberse afeitado, pensó... Con las prisas de última hora ni se le había pasado por la cabeza qué aspecto tendría el día en que se fuera.
Hizo un leve repaso asu imagen en general en el espejo e instintivamente se tocó el bolsillo derecho del vaquero para asegurarse de que allí estaba su mechero... al notarlo sintió alivio.
Apoyó la palma de la mano en el marco del espejo , cerró los ojos y respiró profundamente... El temido momento había llegado, ese del que había querido zafarse y con el que fantaseaba, nunca llegaría, pero allí estaba, a punto de encontrarse con él cara a cara, pensó...
Tenía la opción de girar el manillar y cerrar la puerta sin más, al fin y al cabo la tenía solo a escasos centímetros de su brazo, pero tenía que hacer las cosas "bien hechas", ya que sabía que una vez cerrara aquella puerta, nunca más la volvería a abrir.
Abrió los ojos lentamente, se dio la vuelta y caminó despacio pero con decisión por el pasillo. No dudó ninguno de los pasos que dio, sienciosos, amortiguados por la suelas de goma de sus zapatillas gastadas. Estiró el brazo para abrir la puerta de la habitación, aun sin pararse, ya que si lo hacía, corría el riesgo de quedarse demasiado tiempo mirando fijamente aquel trozo de madera que bien podría haberle ganado la batalla no dejándole entrar...
Iba tan ensimismado que, cuando levantó la cabeza, se econtraba en medio de la habitación.
Aun habiendo sacado de allí tantas y tantas cosas, se maravilló al verla de nuevo. Siempre le había encantado. Desde el primer día que entró allí sintió una conexión especial con aquel lugar y ahora que iba a ser la última vez que la vería, curiosamente, la miraba con los mismos ojos que la primera... Era sencillamente perfecta, justo hecha a su medida, para él.
Repasó la repisa con la mirada. Había dejado varios libros, algunos aun a medio leer... Un par de cuadernos, uno de apuntes de trabajo y otro, exprimido hasta la última página, de frases, palabra y anotaciones casi sin sentido, con las tapas llenas de garabatos que solía hacer mientras hablaba por teléfono... Un par de figuritas de plástico encontradas en algún momento en algún lugar y una moneda de un país extranjero con la que solía jugar a lanzarla en el aire para tomar decisiones... Sonrió pensando en la facilidad que siempre había tenido para creer ciegamente en las respuestas que le gustaban y olvidar las que no quería escuchar.
Se acercó a la cama y se sentó en el borde. Temía sentirse demasiado cómodo. Solo la miró de soslayo un instante y se negó en rotundo a acordarse de nada de lo que aquel adredón hubiera podido ver o no haber visto nunca durante su tiempo allí... no, eso no.
Apoyó las manos tras de sí en el colchón y repasó las paredes color verde. Casi no había retirado nada... Entradas de cine y un concierto, un par de cuadros de lugares concretos donde nunca había estado y un par de cartulinas donde había escrito tareas por hacer... algunas las había hecho, otras aun no y otras, tenía la certeza, no las haría jamás.
Se giró y observó la pared que había tras de sí, donde tenía un tablón de corcho con tantas fotos que apenas se diferenciaba dónde empezaba una y dónde acababa la otra. Sintió una punzada en alguna parte de su cuerpo entre el estómago y el pecho que lo tentó brevemente a apartar la mirada, pero obstinado, haciendo caso omiso al resquemor, se acercó un poco más y las repasó una a una... Había tantas y tantas que de algunas casi ni se acordaba... Aun con el nudo que le presionaba la garganta, sonrió mientras las acariciaba una a una y levantaba para ver las que se habían quedado debajo, enterradas por las demás.
Llegada a la última, disfrazó un suspiro de carraspeo y miró el reloj de pared, percatándose de que se había hecho algo tarde... con seguridad, la despedida se había alargado demasiado y ya era hora de irse.
Se incorporó de un salto, dio una vuelta sobre sí y se dirigió precipitado hacia la puerta. Sintió el metal del picaporte excesivamente frio, como hielo, chocando contra su mano repentinamente cálida. Salió y cerró la puerta con decisión, sin entretenerse en por menores, extrañado de no sentir ni culpa ni alivio... de no sentir nada.
Caminó de vuelta, con paso rápido, por el pasillo pero a la altura del cuadro de las margaritas se paró en seco y dio media vuelta sin dudar, hacía la habitación.
Solo él sabrá que lo impulsó a volver, pero cuando salió lo hizo con un gesto disimulado en las comisuras de los labios parecido a una sonrisa pícara y la esquina de una foto escondida sobresaliendo por el bolsillo de su cazadora gris...
Levantó la bolsa roja del suelo y se la colgó al hombro. Ahora parecía pesar un poco menos. Agarró el asa de su maleta y sus cuatro ruedecitas perezosas comenzaron a moverse sin muchas ganas... Salió al rellano, se puso de espaldas a la puerta y, sencillamente, tiró de ella... y sin más estridencias, ni dramas, ni segundos de espera ni bocanadas de aire, la cerró.
En la casa quedó todo igual, en absoluto silencio. Parecía increible que después de todo el equipaje que se había llevado, solo llamara la atención el hueco rectangular que se había formado en la esquina inferior derecha de aquel tablón de corcho...










